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#77 Un parto, 3 nacimientos y la sanación del ser

Somos dos personas, jóvenes, que vivíamos una historia sacada de esas películas románticas clichés en las que nadie cree, pero todos desearían vivirla. Dos almas que habitaban este plano buscándose y no tardaron en encontrarse. En nuestra gestación la partera nos dijo que los bebés muchas veces esperan a que dos personas se unan para entonces venir, porque son ellos los que ha elegido como guías, y creemos que eso fue lo que pasó, alguna vez lo pensamos, no lo buscábamos, pero llegó; las nauseas empezaron a hacerse visibles, las sospechas de un embarazo, pero la negación del mismo al encontrarnos con una economía inestable y con planes totalmente diferentes en nuestra vida compartida. Nos invadía la duda, sobre todo a mí, ese miedo al qué dirán, al qué pensarán mezclado con los cambios hormonales que suceden en la gestación y que muchas veces te adentran en una tristeza inexplicable, sin embargo siempre estaban las manos y las palabras de un hombre transparente y sereno que me levantaban y sostenían. 

¿Lo tendremos o no? es la pregunta, un poco tabú, que pasó por nuestras mentes así como seguro ha pasado por la de muchas otras mujeres, parejas a las que la vida les cambió de rumbo. Después de horas de llanto, de miradas sin palabras que hablaban por sí solas, de agarrarnos las manos como si nos agarráramos el alma, le dimos un sí a la nueva vida.
Todo era emocionante, fugaz y hermoso porque lo vivíamos juntos; parecía una gestación común, como siempre las vi en mi familia, hasta que recordé que alguna vez había leído sobre el parto en agua y empecé a investigar el tema, fue entonces cuando empecé a leer del parto respetado, humanizado, de nuevas formas de crianza que rompían las costumbres de mi cultura, del colecho, del porteo, cada día leía a expertos, a otros padres, madres y me empoderaba de mi proceso. Desde ahí nació el deseo de un parto respetado para nuestra pequeña guerrera, Ela; sabía que era difícil, yo no soy de Medellín, no tengo eps ni sisben de la ciudad así que tenía pocas posibilidades al alcance (incluso para tener acceso a los controles fue una odisea, cada cita lo era) porque tampoco contábamos con el dinero que se requiere para un parto con toda la naturaleza que lo amerita, parece que nacer/parir como debe ser, hoy es un lujo.
Tocamos varias puertas de ginecobstetras y doulas y cada vez el nacimiento deseado parecía más lejos, todas las semanas hablábamos el tema y yo mantenía mi deseo de un parto humanizado en casa, pero ni siquiera habitábamos un lugar donde pudiéramos cumplir lo tan anhelado…
Sufrí mucho al pensar que nada pasaría como lo quería, nunca imaginé o me predispuse al proceso de parto, yo solo quería parir sola como lo pedía mi naturaleza femenina que el momento fluyera y yo danzara el ritmo de la vida, estaba segura que yo sabía parir y percibo que eso estuvo muy influenciado por el hecho de que yo nací sola, me parieron en la casa de mi abuela con mi tía como partera, ninguno de mis ancestros había nacido en hospital, seguramente ese recuerdo celular me exigió que este nacimiento no podía ser diferente. Mi compañero siempre me repetía, con esa seguridad que le caracteriza, que estuviera tranquila, que todo iba a pasar como yo quería, que encontraríamos un lugar y daríamos a luz juntos, me transmitía confianza porque de alguna forma casi mágica siempre lo que él dice sucede.
Pasó el tiempo y seguimos averiguando precios, precios inalcanzables a pagar, sentí miedo a tener un parto violentado en varias ocasiones, pero siempre guardé esperanza. En el grupo parto humanizado de Facebook (al que agradezco mucho de mi empoderamiento) me enteré que hay en Medellín un grupo de doulas voluntarias para aquellas mujeres que su economía no les permite acceder a una (hago un pare para agradecer la labor desinteresada de estas mujeres que transmiten poder), me comuniqué con la encargada y en unos días me dio la hermosa noticia de que había una doula para mí, fue la primer luz que brilló respecto a mi gran deseo.
Mi gestación ya estaba avanzada, así que con la doula no podíamos tener un proceso como normalmente se acostumbra, todo tenía que ser rápido. Ya estábamos también buscando un nuevo lugar para vivir que permitiera llevar a cabo lo que queríamos, en un par de semanas después de la primer reunión con la doula, de ver y preguntar por muchos lugares, conseguimos una casa, en el campo tal y como lo imaginamos alguna vez y como nuestros corazones siempre quisieron, ahora estaba todo mucho más encaminado, aún sin dinero para el parto, pero con todas las esperanzas. Para esta misma fecha conseguimos el dato de una partera, a la que curiosamente le había escrito al inicio de mi embarazo, ella me había dado su número, pero no le escribí porque había obtenido ya respuesta de otras personas asociadas con el tema y los costos pues, ya saben… sin embargo, mis esperanzas aumentaron cuando me dijeron que hablara con ella y le contara mi situación, que seguramente ella entendería y podría darme posibilidades.
Y así fue, pude reunirme con ella, que además vivía cerca de donde nos habíamos mudado, y pudimos llegar a un acuerdo el cual primero hablamos entre pareja, aceptamos y le comunicamos que sí, que sería nuestra partera. Desde ahí mis días fueron más felices, nunca tuve miedo o dudas de mi capacidad de parir y fue una pregunta que me hicieron muchísimo:
“Persona x: ¿eres primeriza?
Yo: sí.
Persona x: ¿y tienes mucho miedo?
Yo: no tengo miedo, no hay que darle lugar al miedo.
Persona x lanza una sonrisa de extrañeza.”
Como decía, nunca tuve miedo a la labor de parto, pero ahora estaba más feliz que siempre, más segura, más confiada, tranquila de que cuando Ela quisiera nacer entonces simplemente naceríamos los tres, tal y como lo queríamos, en la habitación que habíamos preparado, en medio del amor, la música, el olor a familia, a hogar, con la sabiduría de los árboles, la fuerza del viento, con nuestra doula y partera como testigos de una historia en la que Ela y yo éramos protagonistas.
Llegó la semana 37 y supe que de ahí en adelante podía nacer en cualquier momento, mis contracciones falsas aumentaban cada día, yo estaba ansiosa, ya quería conocerla, pero sin afanarla, mi compañero me repetía que estuviera tranquila y le diera su tiempo, Ela sabría cuándo salir. Cumplí la semana 38 y empezamos a hacer más ejercicios físicos y de respiración; recuerdo el 1 de noviembre, desde la tarde empezaron a darme muchas contracciones “falsas”, no parecían tener un ritmo (él siempre las contabilizaba) así que no nos preocupamos mucho, y a la par, como si percibiéramos algo, empezábamos a hacer ejercicios en la pelota, a practicar la respiración consciente y ejercitar el cuerpo, ese día bailamos por varios minutos entre bromas, besos y risas, después vimos una película y a dormir. Al día siguiente, viernes 2, me desperté aproximadamente a las 8 a. m. porque me dolía la panza, pensé que era uno de esos dolores de vejiga que me daban frecuentemente por aguantarme mucho tiempo las ganas de ir al baño, en medio del frío de la mañana solo decidí seguir durmiendo y seguir aguantando, pero no podía, entonces le dije a mi esposo lo que pasaba, él se despertó de golpe y me dijo que si estaba segura que era eso y no contracciones, yo le dije que en realidad no sabía, desde ahí él quedó con la duda; los dolores me daban con frecuencia, pero esta vez no contabilizamos nada, yo le dije que me quería bañar que fuésemos juntos y eso hicimos, tuvimos que entrar una silla porque a veces por el dolor no podía estar de pie, aún así prevalecía la risa, él ya le había escrito a la partera y a la doula, la primera aún no nos había dado respuesta y nuestra doula nos preguntó si eran rítmicas como 3-5 en 10 minutos, mi esposo sin pensarlo le dijo que sí (en realidad creo que no eran así de ritmicas, sino menos) puesto que él ya me había dicho que ese día iba a nacer Ela, él ya lo había asimilado, yo aún no, no tenía miedo, quería conocerla, pero no me sentía preparada, nunca se está preparada para esa maravillosa cita.
Preparamos todo en la habitación donde nacería, el dolor me penetraba como rayitos de sol por el tragaluz, cada vez más intenso y seguido, él hizo comida y me trajo, no pude comer casi nada porque por el dolor solo quería concentrarme en eso, en mi cuerpo, en el momento. Respiraba, me sentaba en la pelota, me agachaba, me acostaba en todas las posiciones, me arrodillaba, me balanceaba sostenida del fular, no tenía tiempo de pensar yo solo actuaba casi que por inercia según me lo dictaba el instante; mi partera aún no respondía, mi esposo le mandaba muchos mensajes, la llamaba y llamaba y no la encontrábamos por ningún lado, mi doula por otra parte debido a su experiencia pensó que el proceso apenas estaba comenzando, así que cumplió con responsabilidades que tenía y luego vendría a casa. Estaba viviendo un momento que anhelé muchísimo, un dolor incomparable, pero que aceptaba porque entendía lo que pasaba en mí, me imaginaba como una ola de mar y recordaba un viaje que había hecho con mi compañero, la escena en la que estábamos en una playa solo los dos disfrutando del mar y yo me desdoblaba siendo una ola que iba y volvía con cada contracción, llenaba vértebra por vértebra mi columna de aire al respirar y me sentía tan poderosa, tan maravillosa, capaz de todo.
Mi esposo estuvo conmigo todo el tiempo, en silencio sin observarme, como se lo pedí, una que otra vez lanzaba palabras de aliento y me decía que lo hacía más que bien, estaba atento a todo lo que le pedía, a poner la música que escogimos detalladamente para ese momento, lo hacíamos juntos. Entre las 12 y la 1 p. m. nuestra partera nos respondió, creo que llamó, ella estaba atendiendo un parto, le explicó a él cómo hacerme un tacto y que le dijera a ella en cuánto estaba, el tacto dio 2, significaba 2 de dilatación, yo no pensé nada, no me importó ese dato y seguí en lo mío. El dolor me abrazaba cada vez más, no me daba tiempo a pensar porque aparecía de nuevo, en un momento decidí quitarme lo que me quedaba de ropa y me sentí mucho mejor, más cómoda; la doula y partera habían quedado en encontrarse y venir a casa, cada tanto le preguntaba a mi esposo si ya venían, pero él me decía que no, en ocasiones quise que estuvieran ahí esas dos voces que en cada encuentro me transmitierón confianza y poder, pero después pensé que yo estaba preparada, informada y de alguna forma sabía lo que hacía y sobre todo, Ela sabía nacer. En un momento sentí ganas de pujar, se lo expresé a mi esposo, él trató rapidamente de acomodar el plástico que teníamos para que la sangre no cayera en todo lado, yo le dije que no lo hiciera, que estaba frío y no lo quería, así que puso las primeras cobijas que vio y yo puje, con todas las fuerzas, tal y como me lo pidió mi naturaleza y junto con el pujo un tremendo grito, un grito salvaje cual animal mamífero que soy -esta fue la parte más dolorosa, no duele, es más como un gran ardor-, puje quizá dos, tres o cuatro veces, no lo recuerdo, me conecté tanto con el momento que parece que desactivé muchas cosas de mi mente, en uno de los pujos recuerdo que mi compañero me dijo que ya veía su cabecita, yo no lo podía creer, no quería tocar pero lo hice y la sentí, me dio tanta alegría y al mismo tiempo incertidumbre, quería que ellas (partera y doula) estuvieran ahí, mi esposo me decía muchas palabras bonitas y me tranquilizaban; Ela salió, mi esposo cuenta que la atrapó en el aire, me la dio inmediatamente y yo estaba feliz de conocerla y del gran trabajo que acabábamos de hacer los tres, recuerdo sus ojos grandes y expectantes, su pequeño quejido y cómo empezó a observar toda la habitación, a su padre y a mí como si ella, al igual que nosotros, hubiese esperado por mucho tiempo ese momento.
Ela nació a las 2:30 p. m. a la vez que nosotros nacíamos como padres, diez minutos después nació la abuela placenta, la que tanto nos ayudó, nos brindó y cuidó a mi pequeña. Cuando la partera y la doula llegaron Ela estaba pegada de mi seno, ellas estaban felices y asombradas de lo rápido y bien que avanzó el proceso a pesar de ser primeriza; ahora pienso que Ela planeó su nacimiento, ella quería nacer solo con papás, pero nos ayudó a preparar valiéndose de esas dos hermosas y sabias mujeres, que no solo nos prepararon físicamente, sino que nos ayudaron a sanar nuestro ser, nuestro interior, el alma, de rencores y males que nunca habíamos percibido, pero que estuvieron ahí por mucho tiempo.
Han pasado dos meses, ya casi tres, desde nuestro nacimiento, Ela es una pequeña maestra que cada día replantea nuestra vida y nuestro ser; los días son de mucha paciencia y de muchísima felicidad. Seguimos viviendo una historia de utopía.
Leidy Julio.
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#76 A tu manera

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Aunque esta historia tiene un final lleno de mucho amor, no transcurrió como se planeó desde el principio; cuando la vida nos puso a elegir a mi esposo y a mí ¿si gestaríamos o no?, gracias a ello, ambos decidimos abrir las puertas a la vida, pasar de dos, a tres mosqueteros y vivir la nueva experiencia de la más amorosa manera posible.

Luego de llegar a un POSITIVO como resultado de los nuevos pasos, decidimos educarnos frente a ellos, nos convertimos en ratones de biblioteca para asumir esa bien llegada de la manera menos traumática posible, fue cuando nos topamos con todo lo referente al parto respetado, humanizado; poco a poco le fuimos apuntando, comenzamos con una charla que nos enamoró más del proceso, nos acercamos a bellas mujeres que con sus energías y acompañamiento fueron disponiendo todo lo necesario para que nuestro Martín llegase en un ambiente tranquilo y amoroso.

¡Por fin se llegó el día, estando ya con 39 semanas de gestación, en la madrugada de un viernes, mi membrana se rompió para comenzar a avisar que alguien venia en camino a conocernos y hacerse conocer, nuestro Martín!……primó aquel sentimiento de inmensa alegría mezclado con temor, pero como hubo una preparación previa, ello ayudó a aminorar los sentimientos negativos. Decidimos esperar todo el tiempo posible para disfrutarnos ese momento tan único, tratando que la mayor parte del proceso sucediera en casa, acompañada de quienes me brindaban seguridad, afecto y apoyo; finalmente debimos movilizarnos al hospital ya que fue mucha la cantidad de membrana que salía y también había pasado mucho tiempo luego de aquel suceso, hasta el momento, no habían contracciones…

Después de la revisión de rutina en el hospital y observación constante, se decidió que debíamos quedarnos hospitalizados, allí nuestra historia dio un giro, ya que no dilataba, por ello hubo que inducir el parto, hasta cierto punto respetaron mi decisión de no contar con epidural ya que buscaba un nacimiento lo más natural posible; pero mi umbral del dolor solo me dejó llegar hasta 5 de dilatación, luego de casi un día y medio que iba aumentando poco a poco, pase a recibir la medicación. En medio del proceso en varias ocasiones nos saltamos el protocolo del lugar para que mi madre, suegra y esposo pasaran en ciertos momentos a estar allí conmigo, que era lo que más necesitaba en ese momento, con sus palabras, masajes y muestras de afecto me llenaron de fortaleza para aventurarme a llegar a 9 de dilatación y finalmente pujar a mi amor chiquis!!!….lo que no fue así.

Estando en sala de parto y después de dos días de proceso, viendo como muchas mujeres que me acompañaron en la habitación dispuesta para nosotras, iban pasando por allí y saliendo con sus bebés, en medio de contracciones y la posibilidad de ver por fin a Martín, sucedió que él no quiso salir, aunque su madre pujara y pujara, estuviese dilatada, no tuvieran que hacerle la episiotomía (gracias a los ejercicios realizados con anterioridad para ello, por recomendación de varias doulas que acompañaron), definitivamente, él decidió que sería de otra manera en la que llegaría al mundo, la cual fue por cesárea, debido a tanto tiempo de ruptura de membrana, lo que podría afectarle desde una infección hasta la posible muerte del bebé……hubo mucho temor, pero pudieron más la energías positivas de todos. Hoy y luego de 29 meses de vida por fuera del útero, disfrutamos de este amor que nos empapa cada mañana, nos motiva a seguir adelante y querer mejorar continuamente los entornos de Martín.

En lo personal, me hubiese gustado que su llegada fuera diferente, más familiar, menos permeada por las dinámicas aglomeradas del sistema de salud que nos encasilla al momento de parir, pero frente a ello agradezco toda la información que nos llegó, de los medios y de las doulas que nos acompañaron, quienes gracias a sus palabras, mensajes, artículos, en resumen, gracias a su apoyo, nos encaminaron a que de una forma u otra lográramos hacer escuchar nuestra voz, que no fuese tan atropellado y desinformado el nacer de nuestro hijo.

ALEXANDRA OSORIO

 

 

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#75 Amada

parto con amor

Yo creo que una historia siempre es la suma de muchas historias. Así que la historia de éste parto no puede ser la excepción. 

Tendría que empezar por decir que tenerte aquí entre nosotros es una razón para creer en los milagros. Tu existencia es la suma de la alineación de muchas galaxias en el universo. Eres nuestra gran bendición hija “Amada”, palabra que en tierras de tus antepasados se pronuncia “MAYTE”.

Capítulo 1: Cara a cara con la infertilidad

Buscamos durante 3 años quedar en embarazo. 3 años son 39 ciclos menstruales. 3 años son 39 veces una ilusión y 39 veces mucha tristeza; algunas veces lágrimas, muchas rabias y rabietas juntas, muchas preguntas sin respuestas, búsquedas constantes a alternativas que no se podían materializar…

Tus 3 abuelos, tus 3 tías de sangre y muchas otras tías del corazón nos acompañaban a tu papá y a mí en ese caminar que parecía tan eterno. Nunca dejaron de darnos ánimo, siempre creyeron en lo que yo ya dejaba de creer.

El diagnóstico fue “infertilidad por causa desconocida” y las opciones eran empezar con inseminación artificial o hacer una laparoscopia exploratoria. 

Tú hijita que viviste casi 41 semanas en mi vientre ya me conoces, sabes que soy paciente pero que, si algo me parece más rápido, es probable que tome ese camino. Así que sabrás que nos decidimos por la inseminación artificial. Para eso tuve que mudarme nuevamente a Colombia, suspender el doctorado que hacía con tanta pasión y dejar la vida que llevaba construyendo en tierras inglesas. Francamente no lo pensé dos veces. Quería ser mamá y eso lo valía todo.

Capítulo 2: Embarazo múltiple

Al segundo intento de inseminación artificial el 26 de marzo de 2015 algo empezó a cambiar en mi cuerpo. Yo lo sabía, lo sentía, pero no quería hacerme falsas ilusiones. Por fin el 10 de abril me hice la prueba de sangre y el especialista en fertilidad que nos atendía me dijo “estas muy embarazada”. Yo supe inmediatamente que no se trataba de un bebé sino de dos, así que en la tarde cuando nos hicieron la primera ecografía no me sorprendió ver dos saquitos en mi útero. Esos eran tus hermanos mayores Max y Bastian, quienes llegaron a nuestra vida a traer infinita felicidad y amor. Jamás fui más feliz, tenía la vida perfecta, todo lo que soñé estaba ante mis ojos y lo agradecí.

Capítulo 3: Malas noticias

Cuando tus hermanos tenían 10 meses de vida, un diagnóstico inesperado nos paralizó a todos. Tu amada tia Didi, mi hermana menor, la que de alguna forma me enseñó un tanto a ser mamá durante nuestros juegos de niñas, tenía un tipo de cáncer muy agresivo en su útero. El 15 de noviembre de 2016 ella, mi hermanita, la que quería ser mamá en el 2017, tuvo que despedirse de su útero y de la posibilidad de llegar a engendrar vida.

Después de la cirugía vino el tratamiento preventivo. En enero inició su quimioterapia y se mudó indefinidamente a nuestra casa. La recibimos con mucho entusiasmo, estábamos seguros de que estar cerca a tus hermanos la mantendría en perspectiva y le serviría como razón para levantarse cada día a pelear contra el dragón púrpura.

Capítulo 4: La vida por esos días

Mientras tanto yo mantenía bastante amargada, tenía mucha rabia, quizás todavía tengo un poco. Nunca voy a entender por qué la vida de repente es tan injusta con la persona más generosa que conozco. Pero eso es otra historia que ahora no voy a contar. Lo que sí quiero contarte es que decidí hacer terapia para no enloquecer. Tenía que ser fuerte para tu tía, para ser una mamá medianamente decente para tus hermanos y quería volver a ser un poco la esposa de antes. Tu papá ponía mucho de su parte.

En terapia entendí que me hacía falta más intimidad con tu papá, así que reactivamos la chispa. Siempre nos cuidábamos, a pesar del diagnóstico de infertilidad.

Capítulo 5: Los infértiles en realidad son fértiles

Yo siempre he sido muy puntual en mis periodos, además de metódica. Llevo la cuenta de absolutamente todo en mi vida, y mi ciclo no es la excepción. Pero ese lindo día de febrero, al mirar la fecha, simplemente me confundí, miré mal, así de simple. Miré mal y le dije a Thomas, “hoy no tenemos que cuidarnos”.

Al otro día me desperté pensando que estaba embarazada, luego pensé ¿“pues cómo?” y decidí olvidarme de esta loca idea. Una semana después ya estaba segura, no me cabía la menor duda, pero me quería convencer de lo contrario. Finalmente se llegó el día que debía llegar la regla y no llegó. Al otro día compré una prueba casera y me salió indefinida, es que era muy pronto para ese tipo de pruebas. 

Decidí hacerme la prueba de sangre cuantitativa y sí, allí estaban los resultados, un(a) bebé ya empezaba a formarse en mi vientre. Sentí mucho miedo Mayte, sentí que traicionaba a mi hermana porque a cambio de no poder ser madre, yo le restregaba en la cara mi nueva faceta de fertilidad. Te confieso que me fue difícil asimilarlo. Tu papá por el contrario se puso muy feliz desde el primer momento, además anticipó que serías una niña y que contigo completaríamos esa familia de 5 que soñamos tantas veces en nuestras tardes en Berlín.

Y así empezaron a pasar las semanas, yo cada día con menos miedos y dudas, poco a poco enamorándome de ti y de los cambios en mi cuerpo. Tratando de llegar a un acuerdo con tu papá para darte un nombre, él no quería nada terminado en “a” y a mí no me gustaba ninguna de sus sugerencias.

Capítulo 6: El embarazo

El tiempo se fue pasando rápido. Tu tía Didi respondió muy bien a su tratamiento, y mi nuevo estado me daba la oportunidad de extender mi licencia de maternidad y por tanto de compartir con nuestra familia. Todo volvía a estar en armonía. Además, como el embarazo de tus hermanos fue catalogado de alto riesgo, llegó a ser difícil dejar de imaginarse lo peor. Por eso contigo me hice el firme propósito de disfrutar al máximo todo. Así lo hice, sólo pensamientos positivos y buena vibra para mi bebé, y eso es lo que transmitía a tus hermanos. Confieso que algunas veces prefería estar solamente contigo, pero no teníamos mucho espacio para eso.

Capítulo 7: Una decisión muy acertada

Cuando estaba llegando al sexto mes decidí buscar una doula. Le escribí a una amiga embarazada y ella me pasó el dato de su doula. ¡Fue un gran acierto! 

Digamos que Diana, nuestra doula, llegó a nuestras vidas cuando Diana tu tía regresó a su vida en Hong Kong. Así pues, que de alguna forma nos ayudó a llenar un poco el vacío de no tener a la tía todo el tiempo con nosotras, y además nos consentía con masajes y palabras sabias cuando llegaban las dudas del parto.

Yo tenía muy claro que quería que llegaras en tu momento y por la vagina. Hablaba mucho contigo al respecto. Te decía que no era una imposición, que tú sabrías mejor que nadie cómo llegar a este mundo, pero que sería muy beneficioso para ambas que lo hicieras tan natural como fuera posible. Diana nuestra doula nos ayudó mucho a enfrentar miedos.

Las últimas semanas del embarazo se hicieron algo pesadas. Yo me sentía muy cansada con mi panzota, además tus hermanos estaban muy activos. Empecé a desear que llegaras pronto, pero tu tenías una sorpresa para alguien, un regalo programado y no podías simplemente satisfacer los caprichos de tu mamá.

Capítulo 8: La espera se hace eterna

Superamos la semana 40 y la obstetra nos citó en la clínica para intentar inducir el parto. Recuerdo que lo hablé con Diana y me preguntó qué quería. Yo le dije que estaba agotada, pero que para mí era importante que llegaras el día que tú quisieras. Entonces Diana me dijo “no vayas a la cita, habla con tu obstetra y pregúntale hasta cuándo puede esperar”. Eso hice, y contrario a lo que anticipé, ella con todo el cariño me dijo que podía esperar hasta que cumpliera las 41 semanas, de ahí en adelante le parecía riesgoso. 

A mí me pareció muy bien, yo creo que tampoco podía esperar más, mi pelvis ya estaba muy lastimada y todo movimiento era difícil (a pesar de las maravillosas sesiones con la quiropráctica).

Capítulo 9: Contracciones

El 13 de noviembre en la noche empecé a sentir algunas contracciones. ¡Que felicidad! Estaba claro que era una cuestión de tiempo, quizás horas, para que llegaras. Le escribí a la tía Didi y se puso muy feliz.  Antes de despedirse me dijo “ella va a esperar hasta el 15” y yo de terca le dije que no, que nacerías al otro día.

Las contracciones se detuvieron muy pronto y me quedé dormida un tanto decepcionada y por primera vez pensando que terminaría nuevamente en una cesárea.

El 14 al medio día teníamos una ecografía para mirar que la placenta estuviera bien. Después de la ecografía volví a sentir contracciones muy leves. Estaba con mi mamá en la calle y le pedí que camináramos un poco más. No le dije de las contracciones para que no se preocupara más de la cuenta.

Cuando llegamos a casa me senté en la pelota de pilates y me puse a hacer ejercicios de respiración. Las contracciones bajaron y yo no me lo tomé mal. Creí en lo que mi hermana me había dicho la noche anterior, supe que así sería y simplemente decidí esperar con paciencia a que el proceso natural empezara verdaderamente.

Capítulo 10: El trabajo de Parto 1

Thomas y yo hicimos la rutina de la noche con los niños y nos fuimos a la cama. Le escribí a Cielo, la señora que nos ayuda en casa y le dije que era probable que necesitara de su ayuda más temprano al otro día. Ella dijo que sí, que tomaría el primer metro de la mañana. También le escribí a mi doula y me dijo que estaría pendiente, y me sugirió que leyera o mirara algo que me hiciera reír. Le hice caso y busqué mi serie favorita. Ya no tenía contracciones, pero tenía la plena seguridad de que muy pronto estarías en mi pecho.

Antes de la media noche decidí apagar la computadora, pensé que tenía que descansar un poco porque lo que se venía no parecía tan fácil.

Me alisté para dormir, miré el reloj una última vez y eran las 11:59 pm. Cuando quería dormir empezó mi trabajo de parto. Una a una fui contando mis contracciones y recibiéndolas con profundo amor. Esperé una hora por si era una falsa alarma, pero a la una de la mañana las contracciones eran más seguidas y más fuertes. Le escribí a mi doula, ella me llamó y me escuchó. Supo que estaba en trabajo de parto y que era mejor venir pronto. Mientras tanto yo me senté en la pelota de pilates, pero esta vez no me pareció que ayudaba mucho. Empecé a pensar en mi hermana, en su cuerpo, empecé a ofrecer todo mi proceso por ella, por su recuperación, por una larga y feliz vida junto a nosotros.

Pensar en mi hermana me mantuvo conectada con el momento, agradecí cada contracción y la viví por ella y por mí. 

Capítulo 11: El trabajo de Parto 2

El dolor era cada vez más intenso. Decidí intentar acostarme un rato en el sofacama del estudio, encontrar una posición más cómoda. Antes de hacerlo pensé “Mayte va a romper membranas y el sofacama va a quedar mojado” pero no me importó. Efectivamente un par de segundos después sentí una gran cantidad de líquido amniótico corriendo por toda mi entre pierna y mojando el bendito sofacama; escuché una voz interna que decía “te lo dije boba”. Inmediatamente las contracciones se hicieron más intensas, yo salté como un resorte y me fui a dar un baño de agua caliente y a buscar un pañal.

Le escribí nuevamente a Diana, ella me llamó y me dijo que estaba en Medellín recogiendo unas cosas en el apartamento de su hermana. Yo salí de la ducha y Thomas se despertó. Le dije que durmiera un rato más si quería, después le dije que mejor se bañara (Thomas nunca sale de la casa sin darse un baño) y él así lo hizo. Después me invitó a la sala, puso música, me abrazó varias veces y sé que me dijo cosas lindas. Recuerdo que pensaba en lo afortunada que soy, pero no quería perder el foco de mi concentración: ¡mi hermana Didi!

Cuando Diana llegó sentí muchas ganas de decirle que saliéramos ya para la clínica, que quería la epidural ya mismo. Ella lo supo, estoy segura; me miró a los ojos y me dijo ¿“quieres que salgamos ya?” a lo que yo contesté con un rotundo “¡NO! me van a acostar y no quiero” 

Diana le pidió a Thomas que me hiciera un té, también sacó de su maletín cosas con olores deliciosos. Esas fragancias, sus masajes y la música de fondo hicieron que el ambiente se tornara mucho más hermoso. Por mi parte estaba concentrada en mi respiración, pero no en la que practiqué, no en la que Diana me había enseñado, no en la “eeee” que fue la vocal con la que mejor conecté durante mis semanas de entrenamiento, tampoco con el “ommmm” que tanto bien me hizo en mi embarazo. Yo sólo podía inhalar por la nariz y soltar por la boca, esa es la respiración de las trotadas en las clases de educación física a mis 14 y 15 años, la respiración de mantener la resistencia y completar el ejercicio para no tener que volverlo a hacer en la próxima clase.

Capítulo 12: El Trabajo de Parto 3

Diana me preguntó por el color del líquido amniótico, yo lo vi totalmente transparente. Sin embargo, como me salía más en cada contracción, me quité el pañal para que ella misma lo viera. Yo no pensé en nada más cuando me lo quité, para mí era claro que estaba respondiendo a su pregunta sin palabras. La vi un poco enredada sin saber cómo agarrar un pañal empapado. Acto seguido, buscó en su maletín y dijo “no tengo guantes, ¿ustedes por casualidad no tienen aquí?”. Imaginé la cara que yo misma habría hecho agarrando con mis manos desnudas un pañal empapado de otro, reí un poco, y volví a mi respiración y a la figura de mi hermana siempre presente en mi mente.

Las contracciones se hicieron más fuertes y no cesaban, Diana me tocaba y me preguntaba “¿por qué te duele si no estás teniendo una contracción?” No podía responder, sentía cada movimiento tuyo dentro de mi cuerpo, sentía como ibas bajando y ampliando el área a tu paso. Con un hilo de voz le dije “Diana esta niñita se vino aquí” y ella dijo “vámonos ya”.

Capítulo 13: Tienes que nacer en la clínica

En el camino Diana llamó a la obstetra, le dijo que íbamos para la clínica y que yo iba pujando. La obstetra no podía creerlo -en realidad ella nunca pensó que llegarías sola-. Le agradezco que no me lo haya dicho, que se lo haya dejado guardado a pesar de que eso implicó que a te recibiera la obstetra de turno.

Mientras Diana hablaba con la médica, yo estaba concentrada en no pujar -a pesar de que ya tenía pujo-. Lo único en lo que podía pensar era en que Diana no tenía guantes para recibirte. Ahora lo recuerdo y muero de la risa, pero en ese momento era lo más importante del mundo, ¡sin guantes esterilizados no habría nacimiento!

También en el camino agradecí mentalmente a mi mamá por su compañía, era un alivio poder dejar a tus hermanos durmiendo tranquilos. Acto seguido recordé que no le dije a tu padre que mi cartera estaba sobre la mesa, así que llegaría a la clínica sin cédula. Pensé que no me dejarían entrar, luego pensé que sería muy insensato y mejor volví a mi estado de trance. Ya no podía pensar más en mi hermana, sólo en aguantar hasta la clínica y seguí respirando fuerte y profundo.

Capítulo 14: Morir para dar vida

Llegamos a la clínica, me pidieron la cédula, grité como pude que no la tenía. El camillero me entró en silla de ruedas, yo gritaba por todo el pasillo, tenía mucho dolor y tu querías nacer. Me acostaron en una camilla y llegó la obstetra de turno. Yo la vi a los ojos y después de inhalar profundamente le dije “guantes esterilizados porque ya rompí membranas” y ella me regaló una de esas sonrisas fingidas que uno suele regalar después de escuchar algo bastante evidente.

Recuerdo que dijo: “está lista, creo que le faltan unos 10 minutos” y yo gritaba dentro de mi “noooo, no puedo sentir esto por otros 10 minutos, 10 minutos no”.

Me llevaron a la sala de partos, lo imagino porque hacía mucho frío. Alguien me pidió que me pasara a otra camilla. Yo no quería, sentía que físicamente no podía. Nadie me ayudó, no sé muy bien por qué. Lo cierto es que sí me dirigieron desde el final de la camilla, pero nadie me dio la mano, nadie intentó ayudarme y a pesar de estar acompañada por mujeres, me sentí por primera vez muy sola.

Una vez en la nueva camilla alguien me dijo “mamá tiene que bajarse hasta acá y subir las piernas en esto”. En otras palabras, tenía que ponerme en la posición que sólo había llegado a adoptar durante mis citologías.

En el parto de mis sueños yo paría en vertical, en el parto de mis sueños mi obstetra no tenía más remedio que acceder a mi deseo de parir como las indígenas, yo lo tenía todo preparado en mi mente y tenía la certeza de que me iba a salir bien. Pero en el parto real yo era un ser vulnerable frente a dos mujeres desconocidas haciendo su trabajo muy a su manera. Una de ellas me repitió -no sé cuántas veces- que tenía que bajar hasta las barras esas donde se ponen las piernas. Yo sentía que no podía y escuché “¿mamá, si no va a hacer lo que le decimos entonces para qué vino?” Sentí mucha impotencia, recordé todas las historias tan tristes que había leído sobre partos deshumanizados, recordé a todas esas valientes que se quedaron con ganas de mandar a todo el personal médico a la quinta porra. Saqué fuerzas de donde no tenía, era necesario decir algo, cualquier cosa, necesitaba que me volvieran a humanizar. Miré a la obstetra y le dije “no entiendo por qué nos tienen que tratar así”. Ella me miró y no respondió.

Thomas llegó a la sala y me ayudó a clavar mis piernas en ese metal frío. Después escuché “puje mamá” y yo pujé cuando llegó la contracción, nuevamente escuché la palabra “puje” y volví a hacerlo. Pujaba con muchos gritos, pujaba con toda mi fuerza, pujaba con el deseo de liberarme del dolor y ver tu cara por fin, la cara de mi hija, pero tú mi niña, no salías.

La obstetra dijo “su pujo no es efectivo, es necesario intervenir”, acto seguido dijo “traigan los fórceps y vayan alistando sala para cesárea”. Después me miró y me dijo “mamá esto va a doler, pero usted llegó muy tarde y ya no se puede poner anestesia”. Yo miré a mi esposo y el siguió sosteniendo mi mano. No recuerdo nada con exactitud, sólo sé que yo seguía teniendo pujo y luego sentí el dolor más intenso que jamás haya experimentado. Lo que se me vino a la mente es que me fracturaban la pelvis en muchos pedazos, creí que moría del dolor, grité mucho, grité que me moría, estaba segura de que me moría, y mientras tanto pensaba que algunas veces es preciso morir, aun cuando sea por tan sólo un instante para dar vida. Acepté el dolor con resignación -pero no por eso paré de gritar-. Después escuché ese sonido tan esperado, tu llanto hijita, mi pequeña amada, y es verdad que ya nada más importó.

Capítulo 15: Mayte mía

Te pusieron sobre mi panza. Yo te quería más cerca de mi pecho, pero seguías conectada a todo dentro de mí, así que no me dejaron. No creo que hayan sido más de 10 segundos, pero yo los disfruté. Te di la bienvenida mi pequeña, y mientras empezaba a sentir que la tarea estaba hecha. Tu estabas entre nosotros y ya todo estaba bien. 

Me informaron que me iban a sacar la placenta, me presionaron la panza y sentí que algo Salió. Después me informaron que procederían a suturar la episiotomía que me hicieron y el desgarre producto de los fórceps. No dije nada, sólo me quedé allí en silencio, esperando un nuevo dolor que efectivamente llegó. La anestesia local para los puntos no hizo efecto y tuve que sentir la aguja entrar y salir de mis genitales no sé cuántas veces. Para ese momento ya estaba cansada de gritar, ya no tenía fuerza para nada y temblaba de frío. Esperé con paciencia hasta que terminaron y allí volví a la imagen que había abandonado desde el carro, volví a mi hermana. Entregué al universo ese dolor adicional, no sólo el físico por los fórceps y los puntos, sino el emocional porque me sentí mal tratada. Recordé que exactamente un año atrás, el 15 de noviembre de 2017 más o menos a la misma hora, mi hermana perdía para siempre su matriz y con ella su sueño de engendrar un bebé. Y entonces entendí por qué tú Mayte querida te tomaste tu tiempo para llegar, y el mensaje de esperanza que trajiste contigo a nuestra familia.

Maria Fernanda Quintero

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#74 Una llegada llena de amor

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Nunca pensé ser madre, ni lo descarté tampoco. No sé si por miedo y no creo que sea un camino que todas debamos seguir. Tu papá siempre me apoyaba en eso, aunque presiento que él si te soñaba… Desde el 2017 venía la idea dándome vueltas en la cabeza… qué tal si sí, que tal si me arriesgaba y un buen día decidí darme esa oportunidad, así que tu papá y yo dejamos de planificar y en una conversación muy personal con Dios le entregué mi temor, para que de ser algo que debiamos vivir como familia nos ayudara.

Así fue como sin tener fechas en la cabeza, sin nisiquiera seguir el ciclo menstrual, un día con un presentimiento en mi corazón me hice la prueba y allí estaban esas dos rayitas, que mostré a tu papá ese mismo día para darle la noticia, no sabes nuestra emoción!
En ese momento ya llevabas en mi vientre casi 3 meses, tan tranquilo, tan delicado, que de los síntomas tan mencionados del primer trimestre no sentí ninguno.
Tuvimos momentos de miedo cuando la sangre varias veces en poca cantidad nos alertó que podía haber algo mal, pero afortunadamente no fue así…y comenzó el tiempo tan hermoso de esperar tu nacimiento, tan sagrado, maravilloso y especial, viéndote en las ecografías y sintiéndote en el vientre, siendo parte de nosotros. Comenzamos a buscar mucha información y encontramos que el parto podía ser un momento maravilloso así que el primer reto fue encontrar un ginecólogo que también creyera en que podíamos decidir que fuera precioso… Encontramos a la ginecóloga Isabel Isaza que nos hizo sentir desde el primer momento que lo íbamos a lograr y que tu llegada al mundo podía ser muy feliz.
Cuando teníamos 7 meses, apareció Laura Durango una doula voluntaria que estaba dispuesta a ayudarnos para que nuestro sueño se volviera realidad. Le contamos a Isabel nuestros planes y ella con toda tranquilidad me miró a los ojos y me dijo : ” vamos a hacer lo que tú quieras…” Qué emoción!, que maravilloso que Dios nos bendijera tanto. Isabel nos explicó un día que lo que ella si debía hacer era cortar de inmediato tu cordón, por mi tipo de sangre pues podía ser peligroso para ti a lo de tu papá y yo respondimos que lo que queríamos era que nacieras muy bien.
Se acercaba el día, mi pancita crecía y en la semana 36 al irte a ver en la ecografía que era la última algo salió diferente y nos recomendaron que habláramos con Isabel. Ella nos mandó unas pruebas y nos explicó que por tu tamaño eras catalogado como RCIU tipo 1 por lo que estarías mejor si llegabas ya a nuestro encuentro, que probablemente debíamos hacer cesárea porque por tu tamaño, si no habíamos comenzado trabajo de parto, para ti sería muy difícil y peligroso. Yo me sentí algo triste pero lo que quería era que estuvieras bien.

A los dos días, el 26 de Marzo, cuando cumplimos las 37 semanas de embarazo, llegamos a la clínica Prado según las indicaciones cerca a las 7am dónde nos esperaba Laura preparada para acompañarnos. Como a las 8:30 nos asignaron la pieza y al ratito llegó Isabel y nos dijo que haría un tacto para ver si estábamos en trabajo de parto y podíamos intentar sin cesárea.
Oh sorpresa! cuando me miró y me dijo: “Estás en 4, comenzamos el trabajo de parto”. Ella me explicó que rompería mi fuente y debíamos poner oxitocina a goteo por la situación, que me debían conectar para vigilar que estuvieras bien. Y así fue.
Las enfermeras e Isabel nos dijeron que podíamos bajarnos de la cama y hacer lo que sintieramos tratando de no desconectarnos.
Comenzaron las primeras contracciones, la máquina subió a 53 y yo sentía un dolor duro pero soportable y estaba completamente conectada contigo mientras tu papá nos daba mucho mucho amor. Hicimos movimientos en el balón, le cantamos a Dios con la música que llevamos, en fin lo disfrutamos mucho!
Laura estuvo ahi dándonos apoyo y un ambiente delicioso, ayudándonos con unos aromas maravillosos y unos masajes que nos disminuían en algo el dolor…cada vez las contracciones eran más fuertes y depronto la máquina a la que estábamos conectados comenzó a pitar, yo me angustié mucho, llegaron las enfermeras y me dijeron, mamá nos toca estar en cama y llevarte a la sala de partos porque tu bebé está bajando las pulsaciones. Salieron conmigo corriendo. Tu papá y Laura corriendo por el otro lado para vernos en sala de parto. Que camino tan doloroso y tan angustiante, yo ya te sentía casi salir, sentia que mi cuerpo se partía y me angustiaba que estuvieras sufriendo.
Cuando llegamos abajo nos encontramos con tu papá y con Laura, escuchamos que alguien dijo que no me hicieran tactos pues Isabel pedía que no tocaran las pacientes que ella atendía. Qué alegría! Yo no quería que ningún desconocido nos tocará. Llegó Isabel nos hizo otro tacto y me dijo que ya estábamos en 9 que ya estabas ahi, le dije que quería epidural pues ya no podía más del dolor y me la aplicaron. Eso me ayudó mucho, aunque yo seguía sintiendo dolor se disminuyó y sentía todo mi cuerpo incluso te sentía abajo, sentí que los dolores volvían a subir y yo destrozaba la mano de tu papito cada que llegaba una contraccion, el me alentaba, me decía que yo podía y me daba todo el amor que pudo, estábamos los tres en trabajo de parto! mientras Laura nos ayudaba con presión y masajes para el dolor. Tenía ganas de hacer popó, le dije a Isabel y me dijo: “..eso es Pujo cuando sientas ganas puja fuerte y para abajo que ya viene Marcos, cuando veamos su cabeza vamos a la sala de parto que allá cómo debes subir tus pies es más difícil pujar. Y así fue, en cuestión de minutos estábamos en sala de partos. Pujé fuerte y sostenido y llegaste a mi regazo, inmediatamente juntos, completamente azul, yo te tome entre mis brazos y te abrace y me sentí tan feliz de que estuvieras ahí, de que tu papá estuviera con nosotros, de que Isabel y Laura existieran. Ya no tenía dolor, solo felicidad. Isabel me dijo que me desgarré un poco que me cocería, yo sentía y me dolía pero estaba concentrada contigo en mis brazos tan feliz!.

Te recetaron amor y leche por tu tamaño y tú nos llenas de tanto amor y tanta felicidad!!! Te amamos hijo.

Johanna Andrea Agudelo Ortiz

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#73 La experiencia anhelada

jakeline

Desde muy pequeña siempre me vi muy interesada en la ginecobstetricia, para mi siempre ha sido hermoso y mágico todo el proceso y desarrollo  que involucra la gestación. Por lo cual experimentarlo era estar en la mejor estaba de mi vida. Solía ver programas de partos y ya estando en gestación me preguntaba si lo que veía en ellos aplicaría en este país, si los detalles que veía en estos programas y que a mi me gustaban podrían ser. Entre mis deseos estaba claro que quería estar acompañada de  mi esposo durante el parto, también quería retarme  a experimentar el parto sin epidural. Así que comencé a preguntar como podía hacer estos deseos posibles. Entre búsquedas y búsquedas encontré esta comunidad de parto humanizado y de inmediato me sentí identificada. Así que teniendo un poco más de herramientas de información llamé a la clínica en la que había decidido que me gustaría vivir mi parto para ver que tan viable era hacer realidad mis deseos. Afortunadamente la clínica me brindó herramientas para hacer posible la presencia de mi esposo.

El día. 31 de Mayo. Cumplía 40 semanas de embarazo, por lo que debíamos acudir a urgencias por recomendación de la doctora para verificar que todo estuviera bien. La verdad, estaba convencida que aun no era el momento por lo que no vi necesario llevar aun las maletas ni nada. Estaba segura que solo sería una revisión y ya. Fuimos en la mañana también por recomendación del médico ya que era menos congestionado el servicio en la clínica.

Resultó  que tenia un poquito elevada la presión y traía 3 cm de dilatación. Entonces a razón de estas dos condiciones la doctora decidió  hospitalizarme y usar oxcitocina para acelerar labor de parto.
Mi esposo  tuvo que irse rápido a la casa por nuestras maletas. Unas horas después  fui ubicada en la sala de trabajo de parto y a partir de ese momento mi esposo estuvo con nosotros todo el tiempo.

2 de la tarde, la doctora rompió la fuente y yo aun me encontraba en 3 centímetros de dilatación pero con el cuello del útero borrado.
Después del rompimiento de membranas. aumentaron la dosis de oxitocina pero minutos después, el paso del medicamento se detuvo y no lo sabíamos. Pasamos aproximadamente 2 horas sin recibirlo, cuando se percataron lo volvieron a iniciar y nuevamente aumentaron dosis, para entonces aun continuaba en 3 cm de dilatación. A partir de ese momento las contracciones comenzaron a ser bastante considerables… a eso de las 7-8 pm el dolor era muy muy fuerte. Cuando llegaron a revisarnos, traía 5 cm de dilatación. La doctora dijo que las contracciones aunque tal vez las sintiera muy dolorosas, no parecían ser tan efectivas como debían ser. En ese punto y aunque mi plan era distinto, sentí la necesidad de pedir la epidural pero la sala donde realizan la aplicación de ésta estaba completamente llena. Debíamos esperar que hubiera un espacio.
9:30 pm. El dolor era muy poco soportable, a partir de ahí por desgracia sentí que perdía el control. Ya no podía controlar la respiración y el deseo de pujar apareció. Ahora no peleaba solo con el dolor sino también con evitar adelantarme a pujar.
10:15 me encontraba absolutamente desesperada. La epidural nada y el deseo de pujar era demasiado fuerte.  A pesar de los intentos de mi esposo por mantenerme respirando y así poder soportarlo, ya sencillamente no podía. La doctora entró a revisarnos y se dio cuenta que ya me encontraba en la fase expulsiva. Inmediatamente nos cambiaron a la sala de partos, no dio espera de nada. A partir de ahí todo pasó tan rápido… y tras 3 pujos NACIÓ!!! En ese momento ya no importaba nada. Esperaron que el cordón dejará de latir para realizar el corte. Yo solo podía sentir como mi corazón se llenaba de tanto amor, solo podía estar absolutamente feliz. Feliz de vernos al fin, feliz de ver como mi esposo cortaba el cordón umbilical, de sentir su emoción, su apoyo y su inmensa alegría al estar presente en el nacimiento de nuestro hijo.
Fueron muy difíciles esos últimos momento. La verdad mi deseo con el corazón era haber podido llegar a última instancia más tranquila. Pero sencillamente hay circunstancias que no puedes controlar que pasen.

Luego de su nacimiento yo me sentí renovada. Estaba exhausta pero era tanta la felicidad, la alegría, quería compartir con todos mi dicha, lo que sentía en ese momento. Buscaba conversar con las otras mamás que estaban en la sala de recuperación. Sencillamente no podía creer todo ese millón de emociones que me acompañaban. Mi bebé de inmediato pidió pegarse al pecho y aunque durante la gestación no me asesoré sobre la lactancia, lo hice de manera instintiva. Una enfermera se acercó para apoyarme y orientarme. Lo dejé ahí pegado a mi pecho, contemplando su hermosura y llenándome de más y más amor.

A pesar de que hubieron intervenciones médicas que tal vez no eran necesarias, todo fue consensuado. Me sentí informada de mi estado, me sentí acompañada, me sentí respetada.
Así que acá estamos. Una mamá agotada pero orgullosa de si misma por soportar un parto sin anestesia. Absolutamente feliz y enamorada de mi hermoso Juan Sebastian que nació un 31-05-16 a las 10:21 pm pesando 3,310 grs y 50 cm.

Jakeline Alzate Gómez

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#72 La experiencia más intensa, dolorosa y amorosa

Hoy hace 44 días que parí a mi bebe, quiero escribir la experiencia vivida puesto que hasta el momento ha sido la más intensa, dolorosa y amorosa.
Embarazo planeado y deseado, 40.3 semanas de aprendizaje y tranquilidad.
Durante la gestación recopilé, estudié, mejor dicho me informé acerca de todo el proceso de parto, descubrir muchos temas, como parto humanizado, doula, episiotomía, desgarro, como pujar, como respirar en fin, una serie de términos y definiciones que enmarcan un parto, encima que es un proceso natural y fisiológico. Me empoderé de mi gestación y empecé a practicar respiraciones, ejercicios, a preparar mi mente para ese momento, siempre esperando y deseando que mi parto fuera armónico, amoroso, tranquilo, humanizado, respetado y sobre todo profundamente consciente, claro está que por mi ubicación en este momento y una serie de condiciones todo esto se debía acomodar al sistema de salud normal y a los protocolos del hospital local.

De acuerdo a la información que tenia sobre lo que iría ocurriendo en mi cuerpo cuando el parto se acercara, uno era que las contracciones empezaban suaves e iban aumentando su intensidad, que el trabajo de parto de una mujer primeriza podía durar hasta 12 horas. Al cumplir las 39 semanas de gestación mi cuerpo no me daba ninguna señal latente de parto, visité al ginecólogo para valoración, el cual sin informarme previamente me hizo un tacto usando la maniobra de Hamilton “disque para ayudarme un poquito”, me dice luego de hacerla… El caso es que fue dolorosa y afortunadamente no surtió efecto ya que el trabajo de parto no se desencadenó, mi bebe aun no estaba listo para nacer, esto me impacientó un poco, la gente tampoco ayuda, todo el mundo te pregunta “ ¿y para cuándo es que es pues?”, “¡parto de burro!”, “te ves ya cansada” , “¿por qué no te vas por urgencias?” de todo a una gestante le puede decir la gente en medio del desconocimiento e imprudencia.

El caso es que llegué a la semana 40 sin síntomas, con mi esposo nos acercarnos al hospital donde sería el parto para una revisión, todo andaba bien, me dijeron “vete a casa, relájate que tu cuerpo avisará cuando sea el momento”, y así fue, me relajé y decidí esperar con paciencia.

El domingo 14 de mayo de 2017, 3 días después de esa última revisión, desperté más cansada, como aperezada, no sé, no puedo describir exactamente como me sentía, era el día de la madres. A eso de las a las 10:40 am al terminar de desayunar, sentí mi primera contracción en serio, pensé que solo quería ir al baño, fui y noté además que estaba expulsando un especie de moco con agua y sangre, el dolor no se fue, inmediatamente pensé “ahora si es el momento”. Empezamos a tomarle el tiempo a las contracciones las cuales eran bastante fuertes y seguidas, yo tenía en mi cabeza que el proceso podía ser un poco lento, entonces me aterraba un poco sentir tanto dolor desde el principio, solo pensaba “Dios mío si esto es empezando…no voy a aguantar”, el caso es que seguí al pie de la letra lo aprendido, respiraciones, movimiento, repetición de frases etc.

En el transcurso de la siguiente hora nos dimos cuenta que ya eran muy seguidas y fuertes lo cual indicaba que era momento de ir al hospital, yo dudaba mucho puesto que todo estaba pasando muy rápido y quería evitar a toda costa ingresar al hospital muy pronto y exponerme a la serie de intervenciones que por protocolo hace la medicina general. El caso es que a las 1:30 pm decidimos salir para el hospital, ingresé en 5 de dilatación, mientras me hacían el proceso de hospitalización soportaba fuertemente mis contracciones, este dolor es indescriptible, sientes como si el cuerpo se estuviera partiendo en dos, manejé la calma, mi esposo hasta donde el protocolo del hospital lo permitió estuvo conmigo, recuerdo como dejaba que me apoyara sobre sus hombros cada que se venía una contracción y me decía al oído “lo estás haciendo muy bien”. Me pasaron a monitoreo, solos mi bebe y yo, el dolor de las contracciones acostada es intolerable, afortunadamente la dilación aumentó rápidamente y entre las 3:15 y 3:45 pm ya me encontraba en 9 y rompiendo fuente, ese preciso momento lo recuerdo como la hora loca de una fiesta, cuando estalló y voló agua para todos lados, solo grité ayúdenme jajaja ni sé porqué.

Sabía que ese era el momento, mi momento junto a  mi bebé, que Maximiliano estaba muy cerca y no miento al decir que me sentí dichosa, le decía al médico que me estaba atendiendo que tenía muchas ganas de pujar (y reconozco hoy el acompañamiento de ese ser pues no me sentí atropellada en ningún momento) él me responde puja y así bajo la cabeza, me pasaron a la sala de partos, se vino una nueva contracción, pujé, salió la cabeza, otra y salió el cuerpo… es un descanso renovador, es un momento en que como por arte de magia no te duele nada y tienes al bebé en tu pecho, llorando mojado, medio moradito y ¡ohh sorpresa! con los ojos abiertos.

Un momento muy feliz, nunca lloré en todo ese proceso, hoy lo recuerdo con mucha felicidad y también mucha tranquilidad, me demostré que el dolor no necesariamente es sufrimiento y lo más bello de todo “pide que nada se te será negado”. Lo visualicé, lo soñé, me preparé, se lo pedí al universo, a mi Dios… que me permitiera tener un parto tranquilo y así fue el parto de mi primer hijo, Maximiliano.

A pesar de acomodarme a las normas y protocolos del hospital con mi historia quiero dejar un mensaje y es que hay que informarse, conocer el cuerpo, comprender que es único, que todos responden distinto a los diferente estímulos, que es posible lograr un parto tranquilo agarrándonos de lo que tenemos a la mano, ahora hay muchos grupos de apoyo y preparación para el parto. Empoderarnos de nuestro proceso a pesar de las adversidades, hospitales, médicos y demás profesionales de la salud.

Mónica Bedoya

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#71 Cambios de planes

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Para Lucía:

Hoy te quiero contar cómo fue tu nacimiento y lo mágico que fue todo alrededor.

Tu fecha posible de nacimiento era el 17 de agosto, y tu papá y yo nos preparamos de la mejor manera para recibirte en nuestro hogar. Después de hablar con 2 ginecólogas, llegamos donde Bernardo y me sentí feliz de encontrar a alguien que entendiera y coincidiera con la forma como yo veía y quería que fuera nuestro parto. Yo había visto nacer a 2 de tus tíos en agua y de la forma más natural posible, viendo a tu abuela traerlos al mundo con mucha determinación y empoderamiento. Entonces yo tenía ese ejemplo en mi cabeza y esperaba poder tener un parto así de natural, amoroso y respetado. Yo leí y me preparé mucho; estuve en yoga, en danza para gestantes y estuvimos acompañados por una doula. En el tiempo de gestación reforcé que mi cuerpo estaba preparado perfectamente para el parto y que entre tú, tu papá y yo podíamos hacer que tu encuentro con nosotros fuera posible.

Unos días antes de la fecha probable empecé a sentir contracciones muy fuertes, y Bernardo me revisó y todavía no había empezado el trabajo de parto. Me puse triste, porque yo sentía que habíamos empezado la recta final para llegar a tu encuentro y ya tenía muchas expectativas de verte pronto. Pero rápidamente me acordé de las clases de danza y volví a esperar con alegría que estuvieras lista para nacer.

Llegó el día que cumplía las 40 semanas de tenerte dentro de mí y me hice unos exámenes, donde se vio que estabas enredada en  el cordón umbilical, tenías 2 vueltas en el cuello. Bernardo me dijo que tú sentías esa presión y que seguramente no ibas a bajar, que debíamos hacer una cesárea. Recibí la noticia muy tranquila y aunque no era lo que había soñado durante 9 meses, si eso era lo mejor para ti, aceptaba con mucho amor el cambio de planes. Yo quería hacer la cesárea al siguiente día, pues ya no veía la hora de verte y tocarte, y si ya solo dependía de cuadrar el momento de tu llegada, quería que fuera lo más rápido posible. Pero tu papá debía trabajar y prefería esperar un día más para poder estar más tiempo y más tranquilo con nosotras. En ese momento me dio mucho desespero que tu papá no tuviera todo listo, pero acepté que programáramos la cesárea a las 9 am del 19 de agosto.

El 18 de agosto me levanté tarde, vi una película y salí a tomar el algo con tu abuela y tus tías. Pasé el día tranquila y con ansias de tenerte ya con nosotros. Ese día seguía con contracciones, parecidas a las que ya había sentido unos días antes. Por la noche me acosté a dormir mientras tu papá terminaba los trabajos pendientes. A las 11 pm me empezaron a despertar las contracciones, y como noches anteriores respiraba y me volvía dormir. Pero esa noche fueron cada vez más constantes e intensas, cada 5 minutos me despertaban. En un momento tuve rabia con tu papá y pensé que si él hubiera dejado todo listo antes, yo no tendría que soportar esas contracciones y ya estarías a nuestro lado. Una vez más me tranquilicé y pensé que ya solo faltaban unas horas para la cesárea y le puse una intención a las contracciones de cada hora. Le di gracias a Dios por tu papá, tus abuelos, tus tíos, por la gestación tan tranquila, sana y amorosa que habíamos tenido… y así se me pasaron las horas hasta que fue momento de irnos para la clínica, donde nos encontraríamos con Bernardo y la doula. Unos días antes la doula nos dijo que ella no iba a poder estar, pero que con nosotros iba a estar Susana, otra doula.

Llegamos a la clínica, dejamos las cosas en el cuarto y me pasaron a la zona de preparación. Más tarde llegaron Susi y Bernardo. Eran casi las 9 am, la anestesióloga no llegaba a verme y yo seguía con muchas contracciones. Bernardo me dijo que esas contracciones estaban muy raras, que si quería me hacía un tacto. Por un momento pensé que para qué, no quería que me dijera que todavía no había dilatado nada y además ya iba para cesárea. Pero finalmente estuve de acuerdo, y Bernardo me hizo el tacto… ¡Ohh sorpresa para todos! Tú si habías bajado, estabas encajada y yo ya tenía 6 de dilatación.

Bernardo me dijo que si queríamos podíamos cambiar nuevamente los planes e irnos por parto natural. Después de cerciorarnos de que no había riesgo para ti nos fuimos, en vez de para el quirófano, para la sala de partos. Allá me pusieron unos monitores porque debíamos ver que tu no estuviera sufriendo y asegurarnos de que el parto podía ser natural. Después de un tiempo largo nos dijeron que sí podía ser natural, así que tu papá fue a traerme algo de comer y de tomar, pues yo estaba en ayunas. Mientras esperaba a tu papá, rompí fuente.

Llegó tu papá, comí y tomé líquidos para tener fuerzas y estar mejor para la recta final de tu encuentro. Las contracciones eran cada vez más intensas y yo me movía para pasarlas mejor; me arrodillaba, me recostaba, iba sintiendo mi cuerpo y lo que me decía. Adicionalmente tu papá me apoyaba, Susi y una enfermera me hacían masajes que me ayudaban a disminuir el dolor. En un momento sentí que ya no tenía más fuerzas, que no podía aguantar más. Susi me ayudó a encaminarme otra vez, a respirar y darle intensión a esas contracciones que anunciaban que estabas cerca. Pasé otro rato, sintiendo que faltaba poco, pero nuevamente sentí que no aguantaba esos dolores  y le pedí a Bernardo que me pusiera analgésicos. Tu papá me apoyó y me hizo sentir tranquila con la decisión.

Bernardo me preguntó que si quería que miráramos cómo iba la dilatación, así que me subí a la camilla y me dijo que estaba en 9, casi 10 y que tú estabas a un meñique. En ese momento se me olvidó el dolor y me dieron ganas de pujar. En la primera contracción sentí que terminé de dilatar y bajaste hasta que ya se veía tu cabeza. En la siguiente contracción sacaste la cabeza y Bernardo te quitó las 2 vueltas de cordón que tenías en el cuello. Y a la tercera contracción, a las 12:37 pm terminaste de salir. Inmediatamente te pusieron en mi pecho y tenerte pegada a mí fue un momento mágico. Minutos después, cuando ya había acabado de pasar la sangre de la placenta y cordón a tu cuerpo, tu papá cortó el cordón umbilical y te alimenté. En ningún  momento lloraste, desde los primeros instantes se vio que eres un ser que transmite paz y tranquilidad. Tú papá te llevó a que te vistieran, te pesaran y te mostraran a tus abuelos y tíos, que te esperaban con mucho amor.

En ese momento todo tomó sentido y encajó perfectamente para que tú pudieras llegar a nuestra vida de la forma más amorosa y con muchas enseñanzas. Susi resultó ser la hija de unos amigos de mi tía Ana, ese ángel que seguro conociste en el cielo, antes de venir a estar con nosotros. Si no me hubiera dejado ayudar de Bernardo, hubiera habido intervenciones innecesarias en nuestro proceso. Y finalmente, el desespero y la rabia que sentí hacia tu papá se transformaron en agradecimiento y entendimiento. Si hubiera sido según mis tiempos y decisiones, hubieras nacido el día anterior por cesárea y nos hubiéramos perdido la oportunidad de haber tenido este parto soñado. Te amo hija!

Adelaida Londoño

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